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Ayer recibí un mensaje equivocado. No sé quién era el verdadero destinatario, pero por azar accedí dos fotografías que capturaban parte de un texto de Abelardo Castillo. En ellas se discurre sobre el sentido del arte y la literatura en un mundo donde la religión, la ciencia y el arte ya no dan respuestas a nadie. El autor, recientemente fallecido, imagina dos alternativas. Una, que la literatura no tiene ningún sentido. La siguiente, que su razón de ser es imaginarle un sentido al mundo y, por lo tanto, al escritor que la escribe. Así ubica al autor en un no lugar. Ya que su obra se inscribe en la utopía del sinsentido, él mismo se erige desde un espacio vacío, inventándose. Abelardo suscribía a una ética de la responsabilidad sartreana. ¿Cómo hacer entonces para construir una vida utópica en medio de la guerra? ¿Cómo no caer en la complicidad? De algún modo, escribiendo, uno actúa su libertad y su ética. Las pone en juego. El castillo de naipes puede desmoronarse de un garrotazo. No importa. Siempre que haya manos dispuestas a inventarse un sentido a sí mismas, la fortaleza volverá a construirse.

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