¡No, Pino!

Se acaba de morir Pino Solanas. Un imprescindible. Político, cineasta, peronista, militante de las causas populares, fuertemente ecologista, feminista, resiliente como pocos, armador, principista, pragmático, artista, formador. Todo eso y muchísimo más era el viejo. De entrevistar a Perón para la eternidad a militarle al Papa contra el extractivismo. Un comprometido eterno. Un infaltable. Uno de los que ya no hay.

Recuerdo que la primera vez que voté, Pino era candidato a Presidente de la Nación. Yo tenía 18 años recién cumplidos y más enojo que convicciones. Solanas me cautivó con sus ideales y su discurso. Un maestro de la oratoria, pero, además, un político de los que no hay. De los que tienen convicciones inclaudicables que trascienden el propio ego. De los plantan semillas, las riegan y las hacen crecer a su calor y bajo su compañía. Pero eso lo iba a aprender después. Y lo voté. Mi primer voto fue esa boleta verde de Proyecto Sur que simbolizaba un sueño y un modo de emancipación, todavía más que un programa.

En 2007 llegó a la presidencia Cristina Fernández de Kirchner y profundizaría un camino que quedaría, guste o no, en la historia de la Argentina del siglo XXI. Yo recién empezaba a votar y quería hacerlo por aquel en quien confiaba. Sino, no lo hacía. Así voté en blanco por años. Eran lindos esos tiempos de las ideas. Pino los acompañó, pero a medida que la vida y la militancia nos fue acercando, aprendí que, a veces, algún sapo había que comerse. Y que, en ocasiones, era inteligente intentar la pureza, pero en otras convenía agachar la cabeza y trabajar como soladado para unir las voluntades necesarias para cosechar un proyecto colectivo.

Así terminó en 2019 llamando al Frente Patriótico que terminó por derivar en el Frente de Todxs. Uno de los primeros que lo hizo, dejando banderas de lado, fue él. No le fue sencillo ni barato sentarse con Gioja, luego de que la protección de los glaciares de uno y la promoción de la megaminería de otro, los habían separado. Así, dejándose de lado para construir para lxs demás, fue uno de los principales y más activos promotores de la alianza electoral que terminó con el último invento de un neoliberalismo que nos hundió en deuda por generaciones e insertó a millones de argentinos en la pobreza. Pino fue uno de Todxs. Y también fue todxs en uno.

En su cuerpo ya anciano y lento, Pino seguía comprometido como un chico. Daba trabajo, abría puertas, tendía puentes y regalaba películas. En una reunión que tuvimos hace unos años en su despacho en el Senado, me regaló Viaje a los pueblos fumigados. Esa síntesis del hombre que da (y que no da cualquier cosa, sino que da convicciones, tiempo, arte y convicción), me conmovió una vez más. Como lo había hecho en el debate por la legalización del aborto en 2018. Pero se escribirán crónicas sobre eso. Se harán banderas. “El goce, señora presidenta; el goce es un derecho humano fundamental”, decía. No voy a insistir, porque aunque lo pinta de cuerpo entero, también dijo mucho más.

No lo conocí lo suficiente, no trabajé con él directamente. Pero lo vi pensar, primero, y le creí. Lo vi trabajar y me cautivó. Se fue uno de esos tipos que son únicos porque en su ser se producen alquimias de saberes pasados y sentires nuevos. Sensibilidades impensadas para un hombre de ochenta años, senador, embajador en la UNESCO y tantas otras cosas antes, durante y después. Él estaba ahí. Se llevaba a sí mismo, que es lo más difícil, todo el tiempo y sin dudarlo. Abrazaba la causa de los trabajadores senegaleses que recorrían su despacho para promover la defensa de los derechos migrantes. Se deconstruía como nadie para comprender la causa feminista y abortera. Pasó del industrialismo desarrollista a una concepción antiextractivista que lo desafió, pero a la que no le tuvo miedo. Fue un vanguardista y un provocador. Y no puedo creer estar hablando en pasado. Tampoco por qué me afecta tanto.

Su partida física me duele por la Argentina. Me entristece profundamente que, en un mundo cada vez más horrible y podrido, se vayan imprescindibles como él. Recogeremos sus banderas y algunas mañas. Aprenderemos. Sobre todo, honraremos el nombre de un tipo que trabajó con honestidad de principio a fin. Con dolor, saludaremos su legado. Lo tendremos en la memoria y cosecharemos de todo eso que fue, para que de la tierra llegue un mejor mañana.