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Los más destacados acontecimientos ocurren de repente. Muchas veces son inmediatos y no admiten vuelta atrás. Tal vez no siempre se vean sus consecuencias con rapidez. El camino, sin embargo, irá sólo hacia adelante. Así el desembarco del Granma fue el principio de medio siglo de comunismo caribeño y de un contagio revolucionario en el continente y el mundo. Ese lugar fundacional ocuparon en la historia los textos de Steven Biko, las canciones de Nina Simone o la marcha de Selma hacia Montgomery. Cada paso era irreversible. La matanza de estudiantes en Soweto abrió una puerta hoy indeleble, como también lo hizo el encarcelamiento de Perón en la isla Martín García. Un corazón que se detiene lo hace sin previo aviso, como el disparo que atraviesa la ventana de un café mientras alguien lee el periódico en un sitio inoportuno. El día que confiamos en una barrera levantada y no miramos si viene el tren. Y viene. Hay ocasiones, sin embargo, en las que es posible torcer el curso de los acontecimientos. Un ciudadano turco y sin miedo salió a la calle contra un súbito alzamiento armado. Otro se acostó delante de un tanque, quizá inspirado en su célebre predecesor chino de Tiananmén en 1989. Cientos de personas murieron. Aún así las armas de los sublevados fueron vencidas por la determinación de los que salieron a la calle disfrazados de David contra el fantasma de la imposición militar. Lo mismo ocurrió en España hace ocho décadas, aunque la lucha se dilató por tres sangrientos años. Es necesario estar atentos. En el camino hacia lo irreversible siempre puede haber un resquicio de escape. Taparlo para avanzar o tomarlo para escapar es coyuntura. La trama falla cuando se encuentra su rendija.

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