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Guernica - Original

Picasso inmortalizó en 1937 el bombardeo perpetrado por aviones nazis contra los civiles de Guernica.

Hace ochenta años un general petiso y porfiado se sublevó contra un gobierno electo democráticamente. El intento fracasó en primera instancia, pero desató una sangrienta y compleja guerra civil entre los defensores de la república (civiles) y la milicia rebelde que se alzó desde Tetuán y tomó el control de media España, aunque no de sus principales ciudades. El conflicto duró tres años. Franco gobernó treinta y seis. Fue el preludio de la segunda gran guerra. Un prólogo apenas, un ensayo. Nadie sabe bien cuántos muertos dejó —aunque fueron al menos doscientos mil—, 114 mil desaparecidos y ningún vencedor verdadero. Colaboraron con los distintos bandos, entre otros, los nazis alemanes, la Italia mussoliniana, el Portugal de Salazar, civiles extranjeros, anarquistas nacionales, soviéticos estalinistas y hordas leales a Trotski quien permanecía exiliado en casa de Frida Kahlo tras ser expulsado de su revolución traicionada —como él mismo escribió—. Los sublevados mataban a quien dilatara el siempre inminente arribo de Franco a Madrid. Aunque el país se mantuvo neutral durante la guerra mundial, el general crearía la División Azul que lucharía clandestinamente a favor del Reich. Esa verdadera grieta creada un 18 de julio de 1936 por militares insatisfechos con el resultado devuelto por las urnas de su país, no se cerró. La mayoría de los muertos republicanos siguen desaparecidos en alrededor de dos mil quinientas fosas que aún no han sido registradas ni sus cuerpos exhumados. En alguno puede que habite el cadáver de García Lorca. Ciertos pueblos españoles cuentan historias de pozos malditos desde donde alguna vez oyeron gritos salir de la tierra. Los exiliados no encontraron mejor suerte: en la Francia colaboracionista sólo les quedaría luchar desde las trincheras una vez más, ahora en un bando sin bandera, contra el país que los cobijó a desgano (hallarían amparo sólo en la Francia libre del sur) y luchando frente a sus compatriotas. Perdieron la contienda local pero de algún modo ganaron la guerra mundial. Fueron al mismo tiempo sus perdedores más desesperados. Fueron enemigos en su país, en el vecino y también en el mundo de posguerra, donde serían nuevamente la amenaza roja, el fantasma que recorría Europa. Quedaron así sin patria, sin apoyos ni medallas. Los republicanos españoles sobrevivieron sin familia —muchas veces diezmada por la misma disputa civil de años atrás, otras por sus exiliados—. No tuvieron ya un himno que entonar ni un hogar al cuál regresar. Aún no hay leyes que declaren la nulidad de los juicios del franquismo ni investigaciones sobre sus cuatrocientos mil presos políticos, muchos de los cuales fueron torturados. Las leyes de amnistía sancionadas después de la muerte de Franco para la reparación democrática aún es cuestionada por la ONU por la impunidad que garantiza al bando vencedor. La reconciliación para ellos es sinónimo de olvido constructivo —esto en la península ibérica y en cualquier otra parte—. Hoy la expresión civil y políticamente acomodada del franquismo, el Partido Popular, gobierna el país. Acaba de ganar sus terceras elecciones consecutivas, aunque aún no puede formar gobierno. La democracia se erigió sobre cimientos pantanosos. El PSOE intentó en 2007, en forma incompleta y tardía, una ley de reparación histórica —entre sus falencias se encuentra carga sobre las familias de identificar a sus desaparecidos; los vencedores contaron con el esfuerzo y recursos del Estado—. Franco, quien creía que las elecciones “nunca representan la voluntad popular”, declaró en una entrevista realizada en 1936 que salvaría a España del marxismo a cualquier costo. Incluso, admitió, si fuese necesario matar a la mitad de la población. Algo de ese ideal aún perdura en una cultura castigada por el fascismo, la democracia del olvido y la justicia del encubrimiento. Algo aún perdura en los exiliados que de uno u otro modo siguen —y sus descendientes seguimos— resistiendo.

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