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Cuatro meses después de que los bolcheviques arrancaran del trono al zar Nicolás II, un tribunal de la Unión Soviética juzgó y condenó a Dios. La acusación: genocidio y crímenes contra la humanidad. Anatoli Lunacharski —nombrado por Lenin como comisario de Instrucción Pública, cargo que ocupó entre el triunfo de la revolución y 1929—presidió el tribunal popular celebrado en Moscú el 16 de enero de 1918. Ante la previsible inconcurrencia del acusado se colocó un Evangelio en el correspondiente banquillo. Fueron cinco horas de deliberaciones en las que el Todopoderoso no estuvo exento de garantías constitucionales. El Estado comunista le garantizó un defensor de oficio que intentó lograr su inimputabilidad alegando la demencia y los trastornos psíquicos que padecía su defendido. Lunacharski leyó la sentencia: se dictó pena de muerte, a ejecutarse la mañana siguiente y sin posibilidades de apelación ni recursos extraordinarios. A la hora designada un pelotón de soldados soviéticos disparó ráfagas al cielo cumpliendo así la sentencia alcanzada por su pueblo y pronunciada por el improvisado juez. Nietzsche tendría finalmente razón y Dios habría dejado de existir hace unos cien años. Algunos arguyen que entre la caída del muro en 1989 y la disolución formal de la URSS dos años más tarde —y dada la virtud de la resurrección que poseería el condenado—, el Señor habría vuelto a nacer hace unos veintitantos años. Otros creen que desde hace un siglo descansa en paz.

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