Convencido

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Hace unos días publiqué un artículo en mi blog, Perorata, con datos sobre la inconveniencia de las cárceles como medio de castigo o readaptación social. Sabía que al compartirlo en redes sociales iba a ser recibido en forma controversial. Una persona consideró ese análisis como una defensa de un tipo específico de delincuentes, los sexuales, a pesar de que no había tratado el tema. Preguntó —a mí y a quienes comentaban la nota— para qué queríamos parecer más papistas que el papa, tan progres, tan revolucionarios franceses. Para  qué gastábamos tiempo en reflexiones sobre gente de mierda que no vale nada. Es un triste recorte hablar de ella y no de los hombres y mujeres que aportaron ideas, experiencia o humor a la situación. Sin embargo, esta persona me interpeló con una pregunta clave: ¿para qué? Lo cierto es que no lo sé. ¿Por qué no miro una película, tomo un bourbon o leo alguna novela en vez de perder tiempo investigando por nada? ¿Por qué no me callo?

Esa misma noche escuché una nota a Gabriel Rolón en la que decía que la forma de estar alejado de la muerte es mantenerse deseante. No me resulta fácil el deseo. Aunque intente disfrutar, aunque niegue, aunque me quede en la inacción, no puedo evitar hacerme una serie interminable de preguntas. ¿Por qué el muchacho que hoy durmió tapado con diario en el boulevard de Avenida Los Incas y Estomba no soy yo? ¿Por qué a mí no me duele el bolsillo con el aumento de los servicios básicos como la luz y el gas? ¿Por qué podría hacer que no pasa nada a mi alrededor y mi vida seguiría su rumbo como si, efectivamente, nada pasase fuera de mí? ¿Por qué esa suerte? Es entonces cuando aparece una chispa del deseo que menciona Rolón. Ese paso mínimo en sentido contrario a la muerte que busca responderse algunas preguntas. No resolverlas, no jugar a Dios. Preguntar e intentar responder. Porque cuando se acaben las ganas de saber, cuando esté demasiado convencido, seguramente habré muerto mucho antes.

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Estamos podridos

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Esta nota fue publicada el 2 de junio de 2017 en la sección Justicia de Comunidad Anfibia. Los invito a descubrir los textos que allí se publican.

cárcel

“¿Conocés la historia del asesino de César Méndez? El pibe que lo mató tiene dieciocho años, y un mes antes estaba trabajando en la construcción. Renunció porque lo estaban explotando y entró a ser soldadito por tres o cuatro mil pesos más, pero la historia de ese pibe es que a los dieciocho años estaba trabajando en la construcción. Por supuesto que sale de ahí para tener un poco más de plata, no ser explotado y no seguir los pasos de sus padres trabajadores toda la vida. Y pasa esto; termina ocupando la casa de otro vecino; luego, como hacen siempre, la venden, la mitad va para la policía que libera la zona y provee los fierros, y la otra para los narcos del barrio. Conclusión: termina matando a su vecino. Ahora está fugado, pero además de asesino ese pibe también es víctima, ya que la sociedad le dice a él y a otros como él: ‘consumí, consumí, consumí’ y después los excluye de manera brutal”.

La historia la cuenta Rafael Klejser, referente del Movimiento La Dignidad y actual impulsor de la alternativa política argentina Izquierda Popular, en una entrevista a la agencia Telesur. Y deja una frase insoslayable poniendo al asesino en lugar de víctima. Más allá de lo que cuenta, Rafael propone eliminar una barrera entre ellos y nosotros. Nos equipara. Todos podemos ser lo que tememos o rechazamos. Nada nos lo impide. Esta idea la desarrolló la filósofa alemana Hannah Arendt en su libro Eichmann en Jerusalén al hablar de la banalidad del mal. Describe un mal perpetrado en forma irreflexiva, producto de un todo que lo sostiene: un sistema que no sólo permite sino que financia y habilita la operación de células clandestinas como organismos de control social e, incluso, de negocios. Ese mal que engendra un ellos y un nosotros, para después dejar en manos de cada uno la estrategia para una guerra contra los que quedan del otro lado. Estas palabras buscan poner sobre la mesa un pensamiento negado en los medios de comunicación masivos y en la política tradicional. Espacios donde no interesa la reflexión, sino que se juega la conveniencia y la operación. Quizás asumir que el asesino también puede haber sido víctima o ésta convertirse en asesina, nos ayude a comprender el problema desde un ángulo distinto y, quizás, avanzar como sociedad para poder evitarlo.

Que se pudran en la cárcel es una frase muy común en el imaginario victimológico argentino. ¿Qué putrefacción se espera? Porque el condenado, ese que se pone del otro lado de la línea, terminará en la calle más tarde o más temprano. El objetivo manifiesto del Servicio Penitenciario Federal sería disminuir la reincidencia, desalentar la criminalidad y contribuir a la seguridad pública. Pretende además que sus programas logren “que las personas privadas de la libertad adquieran pautas de conducta y herramientas para su reinserción en la sociedad”. Por lo tanto, que quede claro, el encarcelado hoy volverá a estar de este lado de la línea mañana. La pudrición esperada por la sociedad de bien no es otra entonces que la violación a los  derechos del otro producto del hacinamiento, la tortura, el maltrato y la marginación. Es su estrategia deshumanizante para ganar la batalla. ¿Cómo no lo pone esto automáticamente del otro lado? ¿Y cómo contribuye entonces a un bien común, o incluso a su propia conveniencia del día de mañana? Si no es con el castigo y el hacinamiento, aparece una pregunta todavía más difícil de responder: ¿por qué se sigue utilizando las cárceles como medio punitivo o de corrección? ¿Qué rol cumple la prisión hoy en día? 

En los primeros quince años del siglo XXI, América del Sur aumentó su población carcelaria en un 145 por ciento, mientras que la tendencia global quedó en un alza del 19,5. Estados Unidos, China, Rusia, India y Brasil reúnen más de la mitad de los casi once millones de presos del mundo, siendo el país norteamericano el que tiene una tasa de encarcelamiento más alta de todos: 698 presos por cada cien mil habitantes cuando la tasa global promedio de es de 144. Argentina llega a 168 o incluso a 178 si se consideran también a los detenidos en comisarías provinciales y no sólo en el fuero federal. Y la tendencia parece seguir en alza. En los últimos treinta años el país triplicó su cantidad de presos —que llegaron este año a 72693 en un sistema capacitado para albergar a 67300 personas—. La opinión pública exhibida por los grandes medios reclama, sin embargo, más cárcel. Del total de esta población carcelaria, seis de cada diez no tienen sentencia firme y están privados de su libertad en forma preventiva. Así, mientras se impulsan nuevas leyes para restringir las garantías durante la ejecución de la pena, unas cuarenta y cinco mil personas pueden ser inocentes viviendo el martirio de la prisión. Aquí la primera dicotomía evidente: ¿de qué lado de la línea se encuentran ellos? ¿Qué principio de inocencia se les aplica? Y aún si todos fueran culpables, no se sabe aún para qué están ahí en primer lugar.

Según informa el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), el 60 por ciento de la población detenida en cárceles argentinas tiene entre 18 y 34 años, un 34 por ciento no completó el nivel primario y el 73 no ingresó al nivel secundario. Casi la mitad de los presos argentinos lo están bajo la órbita bonaerense; en los últimos veinte años la tasa de encarcelamiento en ese distrito subió un 233 por ciento. La cuestión social aparece allí como una variable significativa a la hora de dictar prisiones, preventivas o firmes, contra aquellos que menos pueden defenderse contra el sistema punitivo del Estado. El CELS sugiere que diferentes causas confluyen en este crecimiento. Entre ellas, “el aumento, en los últimos años, de algunos delitos contra la propiedad, el impacto de reformas legislativas que endurecieron el sistema penal al aumentar las penas y restringir la capacidad de otorgar libertades, la ampliación de las facultades policiales para detener, el funcionamiento deficiente de las burocracias penales y los discursos punitivos de ciertos actores políticos y medios de comunicación, que en algunos casos se transforman en presiones sobre los jueces”. Nada de esto implica que el crimen, de ninguna naturaleza, se haya reducido.

Hace dos años, el Brennan Center dependiente de la Universidad de Nueva York publicó un reporte que analiza los motivos que causaron que caiga el crimen en Estados Unidos. El premio Nobel de economía Joseph Stiglitz, quien prologó la edición, concluyó: “Cuando altos niveles de encarcelamiento proveen poco beneficio a la seguridad social, no tiene sentido seguir utilizando —mejor dicho, malgastando— recursos de esa forma”. El estudio analiza la tasa de criminalidad desde 1990 hasta 2013, y la compara con el delito violento (homicidio, violación, robo, asalto agravado), el delito a la propiedad (robo en vivienda, hurto, robo de vehículos), y el encarcelamiento. Determina que en ese período el delito violento se redujo en un 50 por ciento, el delito a la propiedad en un 46, y al mismo tiempo el número de personas encarceladas creció el 61 por ciento. No hallaron relación directa entre prisionalización y reducción del delito. El informe encuentra dos factores alternativos que pueden haber contribuido al objetivo buscado: una estrategia policial basada en los datos para identificar patrones de criminalidad (CompStat, utilizado inicialmente por la policía de Nueva York); y la modificación de factores sociales, económicos y ambientales de las personas, tales como un mayor ingreso o una reducción en el consumo de alcohol. El informe concluye que la presión pública y política para luchar efectivamente contra el crimen ha sido utilizada para justificar encarcelamientos masivos más allá de su costo económico, humano y moral. Y evidencia que durante las últimas dos décadas el uso de la cárcel como el único modo de castigo para cualquier delito ha disminuido sus efectos para reducir realmente el crimen. Cuando la evidencia va en esa dirección, ¿por qué se insiste en lugar de buscar respuestas alternativas?

El Observatorio Carcelario Europeo (EPO), financiado por la Unión Europea, evalúa alternativas a la hora de resocializar a los condenados, especialmente a partir de la individualización del crimen cometido y la situación de la persona y afirman que no sólo sería más barato para el Estado sino mejor para la sociedad. “La noción de que luego de cumplidas las sentencias los criminales vuelven a la misma vida de antes puede ser atemorizante para las potenciales víctimas —dice la EPO en su manifiesto—. Sin embargo la experiencia que la organización recolecta demuestra que, en la mayoría de los casos, los criminales colaborarían voluntariamente para prevenir actitudes similares a las que ellos mismos mantuvieron. “Es difícil convencer a la sociedad de que hay que gastar plata en cárceles —dijo al diario español El País Horacio Piedrabuena, jefe de la prisión de Olmos, en el partido de La Plata—. Hay que buscar fórmulas para que los jóvenes no entren acá, para buscar condenas con alternativas a la prisión, porque cuando entran por primera vez ya es más difícil salir de la rueda. Acá tenemos ya la tercera generación, nietos de personas que ya robaban”. No es una quimera idealista de los europeos. Lo dicen también los jefes de las cárceles bonaerenses.

Vemos así un sistema carcelario que funciona como organismo reproductor y amplificador del delito, una burocracia judicial colapsada que mantiene encerrada a una mayoría de personas sin condena, tendencias a la baja de los países que más han probado la prisión como órgano correctivo, evidencias de la mejora en los niveles sociales de las personas como un modo de disminuir el delito en forma efectiva y un bajo nivel etario y educativo en la mayoría de los presos en el país. Queda mucho por reflexionar sobre qué opciones se encuentran para cada tipo de delito cometido. Por lo pronto, y con anterioridad al castigo penal, se ve necesario un abordaje inclusivo desde el Estado para brindar trabajo y educación (pública) de calidad, así como una inversión en la infraestructura carcelaria que garantice mejores condiciones para los detenidos. De otro modo se seguirá estando más cerca de la venganza del rey medieval ofendido por la plebe supliciada que de una sociedad moderna que busque un bienestar común. Abandonar el mantra de la putrefacción carcelaria sería, al menos, un buen principio.

Ropajes

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Dice una fábula infantil que el enojo y la tristeza se bañaron en un estanque y, al salir, confundieron sus ropas. Cada uno anduvo desde entonces con la vestimenta del otro, confundiendo a quien los mirase. Detrás de un ser iracundo puede habitar la más honda tristeza, como tras una lágrima interminable puede esconderse una bronca irresuelta. ¿Qué pasa, sin embargo, con el miedo? ¿Dónde vive o qué ropas viste? Imagino a ese personaje fóbico cargado de una sensibilidad precisa, o al indignado que actúa para transformar el afuera sin frenar un segundo para mirarse. Pienso al que llora tras ser golpeado, no una sino tres veces. Quizá el miedo sea el único sentimiento verdadero. El que da sostén a todos los demás siempre que sea reconocido; que no se niegue su existencia y se lo transite. Descubrir qué miedos nos habitan puede ser un buen principio para construir una convivencia integrada.

mascara

Músicas

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No existe sólo una música sino varias. Especies y razas donde varían los sentidos por los cuales un sonido existe y se armoniza con otro. Quizás por eso el guardia de la Sala Argentina del Centro Cultural Kirchner no se inmutaba con la música que tocaban en el escenario. Tal vez no fuera su música. No se oía un exagerado virtuosismo ni una furia contenida; tampoco un ritmo definible que invitara a mover un pie. Lo que se combinaba era una guitarra de sonido celestial con un sintetizador caprichoso que sonaba cómo y cuándo quería, un pesado y grave contrabajo y tres cuerpos de una batería ínfima. Cuatro ingredientes. Nadie hablaba ni cantaba. La voz era tiempo pasado e indefinido. Cada sonido se trenzaba con el otro a paso lento, seguía sus intenciones. Era inconveniente perder el hilo de lo que estaba pasando; luego costaría mucho volver a entrar en sintonía. Me ocurrió por un instante y tardé dos temas en regresar al concierto. Cada pieza, repetitiva, era como un viaje que dejaba ver otras facetas de esa música, la de los matices. Su intensidad podía palparse. Crecía y decrecía. De algún modo, metía hacia adentro como un puñal envuelto en un trapo, pero que igual se clava. Casi no había tristeza.

Cuento

Yo quería escribir cuentos, lo juro. Historias lúgubres o fantásticas, no relativas al plano de la realidad. Repulsivas, tal vez. Tristes. Pasa que me lo ponen difícil. No está el mundo como para andar inventando ficciones. Tampoco el país. Aunque esa, quizás, sea la única salida. Escribir para inventarle un sentido a la vida, como pensaba Abelardo Castillo. O contrariamente aferrarse a las mentiras de Arlt en Escritor fracasado, que justifica su silencio diciendo que la vida no es literatura; que primero hay que vivir y después escribir. Para ser honesto creo que la vida está sobrevalorada. ¿Qué es lo que hay que andar viviendo? ¿Algo lúgubre y fantástico? ¿Repulsivo, triste?