Carta Abierta y Ambiental a Alberto Fernández

Estimado Dr. Alberto Ángel Fernández, Presidente Electo de la República Argentina:

Motiva estas líneas la urgencia de actuar por nuestra supervivencia. La crisis climática es la mayor amenaza existencial de esta era y requiere de la acción drástica de los líderes mundiales para mitigar sus impactos. Los próximos diez años son fundamentales para evitar los peores impactos de la crisis climática. En reiterados discursos, usted ha manifestado que todos los aportes son necesarios para poner a la Argentina de pie. Así es que quiero hacerle llegar estas notas urgentes para un tiempo de catástrofe, buscando alternativas a los modelos de producción que han traído a este desarrollo inequitativo y letal para la humanidad.

No hay dudas de que el gobierno que usted encabezará a partir del 10 de diciembre, tendrá enormes desafíos globales, regionales y locales. La situación más apremiante es la lucha contra el hambre y la erradicación de la pobreza en el país, así como el fortalecimiento de las instituciones democráticas que están siendo debilitadas por la ofensiva de la ultraderecha global —cristalizada en la región a partir del golpe de Estado en Bolivia, y la represión violatoria de los derechos humanos en Chile y Ecuador, y más recientemente en Colombia—. Al mismo tiempo, la crisis climática agrava los problemas estructurales que sostienen la desigualdad y empeora las condiciones para salir airosos de esa batalla por la dignidad y la democracia en nuestro continente. La inmediatez de dar respuesta a estas crisis, presenta la necesidad de plantear un modelo de desarrollo distinto, de cara al futuro, que comprenda que en los tiempos que corren, la justicia social y la justicia ecológica deben ir de la mano. El esnobismo tecnócrata que pretende que la producción debe primar en detrimento de la preservación del ambiente quedó obsoleto. Es hora de plantear nuevas alternativas y no sólo pugnar por el dominio de los medios de producción, sino también poner en tela de juicio los medios en sí mismos, que deben ser transformados y puestos al servicio del pueblo.

Las medidas ecológicas que son necesarias, no pueden quedar en abordajes cosméticos. Ya es demasiado tarde. No se trata de que los que dañan, reparen, o que los que ensucian, limpien. No es una cuestión de tener un Estado presente para vigilar y castigar con multas irrisorias a los contaminadores. Hoy hace falta un Estado liderado con visión, coraje y compromiso, para comenzar una transición radical del sistema de producción y consumo en la Argentina. Porque el planeta lo necesita, pero también porque nuestro país puede beneficiarse. Las ventajas competitivas en materia de energías limpias y producción de alimentos agroecológicos, serán una ventaja diferencial para el mundo que se está gestando. Y no por buena voluntad, sino a base del rigor de los cada vez más severos y recurrentes incendios forestales, huracanes, sequías, escasez de alimentos, olas de calor y migraciones forzadas por cuestiones climáticas. Los que sufren, una vez más, serán los más vulnerables. Actuar contra el cambio climático es un tema de derechos humanos y Argentina tiene todo para estar a la vanguardia. Para eso, deberá encontrar en usted un líder que la encabece y que sepa convencer al pueblo para que lo acompañe en la batalla emancipadora de cara al nuevo siglo. En ese camino, y en el transcurso de su mandato, sería muy importante abordar las siguientes medidas:

  1. La creación de un Ministerio de Ambiente y Transición Ecológica que aborde, con presupuesto suficiente y jerarquía institucional necesaria, las principales áreas vinculadas a la transición hacia un modelo productivo acorde al siglo XXI. Jugando un rol de coordinación interministerial, deberá garantizar que Argentina esté en línea con las metas establecidas en el Acuerdo de París, y con las hojas de ruta estudiadas por el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC, por su sigla en inglés), que implicaría reducir a la mitad las emisiones de 2030, en comparación con las de 2010. Esto significaría que, dentro de una década, Argentina no supere las 202,71 MtCO2e (millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente). Asimismo, es importante que la Administración de Parques Nacionales continúe bajo la órbita de esta dependencia, así como continuar con la creación de nuevas áreas protegidas terrestres y marinas, para garantizar no sólo la sostenibilidad de esos hábitats, sino también sus aportes ecosistémicos frente a la crisis climática.

  2. Desarrollar una política energética con mirada de largo plazo, tendiente a lograr una generación energética absolutamente limpia y renovable para 2050. Bajo esta mirada de largo plazo, en los próximos cuatro años, deben incrementarse las metas de participación renovable en la matriz eléctrica —para llegar, al menos, al 30% para 2025—, tender a un fuerte crecimiento de la electrificación de la demanda y comenzar una transición en el sector del transporte, principalmente hacia transporte público eléctrico y de calidad. Al mismo tiempo, el Estado debe ofrecer alternativas a las poblaciones productoras de carbón —como Río Turbio y 28 de noviembre, en Santa Cruz—, en una transición que abandone definitivamente la explotación y consumo de este mineral como fuente energética, apuntando a minimizar el impacto en la mano de obra local, tomando el ejemplo de las políticas impulsadas por los gobiernos de España o Alemania en esta materia.

  3. El acceso a la energía debe ser considerado un derecho humano. La dolarización de las tarifas energéticas durante el último gobierno, asociada con la reducción de los subsidios al consumo, castigó a los argentinos con tarifazos irreproducibles, que profundizaron la grave crisis social impactando principalmente a los sectores de más bajos ingresos. El Estado debe garantizar el acceso a la energía de toda la población y priorizar la producción local, limpia y distribuida en barrios de emergencia y sectores de más bajos recursos. Las soluciones ambientales deben caminar de la mano con la justicia social.

  4. Esta visión, requiere incorporar un factor clave, que estuvo ausente durante los últimos años: la industria y el trabajo. Así como no hay trabajo en un planeta muerto, no hay transición ecológica posible sin los trabajadores. Argentina necesita, y puede, desarrollar una industria nacional renovable a la altura de las necesidades del país y de la región. La transición justa, concepto desarrollado por la Confederación Sindical Internacional, ofrece grandes oportunidades al mercado laboral que deben ser estudiadas para que la necesaria transformación en materia energética tenga un correlato positivo en la generación de empleo, fortaleciendo a los sindicatos y a los trabajadores de la economía popular en la transición hacia nuevas tecnologías —como la instalación de paneles para la generación distribuida de energía solar, la generación de energía en base a biomasa, y otras—. En materia tecnológica, hay mucho campo para la producción de molinos eólicos y paneles solares, y el avance en gestión de biomasa como subproducto del descarte del sector agropecuario. Los subsidios energéticos deben dirigirse a desarrollar esta industria en el país, que tienda a una sustitución genuina de importaciones, la creación de mano de obra capacitada para las nuevas demandas globales y regionales, y la solidificación de un polo renovable en el cono sur.

  5. Es indispensable eliminar los subsidios a la producción de energía fósil lo antes posible, pero no más allá del transcurso de su mandato. Las petroleras son parte de un modelo económico y energético que llevó al mundo a la crisis actual, no sólo ambiental, sino política y social. No debe destinarse ni un centavo más a subsidiar la extracción de combustibles fósiles, y esa partida presupuestaria debe redirigirse a garantizar el acceso a la energía y la generación a partir de fuentes limpias y distribuidas, favoreciendo las economías regionales, de acuerdo a sus capacidades. Como parte del G20 —que, en su conjunto, representa un 78% de las emisiones globales, y que en 2009 se comprometió a abandonar esas subvenciones—, el país puede posicionarse a la vanguardia impulsando esta medida para todo el grupo, no más allá de 2023.

  6. Por otra parte, urge dotar de los fondos necesarios a la Ley de Bosques. Desde su reglamentación, en 2009, se asignaron sistemáticamente partidas presupuestarias inferiores al 10% de lo establecido según el Capítulo 11 de la Ley 26.331. La preservación de los bosques nativos de acuerdo a la ley, es un mínimo indispensable para avanzar hacia una meta de deforestación cero no más allá de 2025. Los monocultivos transgénicos que favorecen a megacorporaciones condenadas por dañar la salud de las personas, como Monsanto-Bayer, no pueden continuar ganándole terreno a los bosques argentinos.

  7. Como horizonte, en materia de política exterior, es posible pensar una América Latina en clave de integración energética renovable, aprovechando las oportunidades que ofrecen los abundantes y diversos recursos de la región en materia de generación limpia, fortaleciendo el interconectado regional y la resiliencia energética. Una mirada estratégica en clave latinoamericana debería apostar a la integración con independencia energética, como materia de soberanía política y reivindicación territorial. La industria del litio, que merece especial cuidado y debe enmarcarse en el respeto por los recursos naturales y los derechos de las comunidades originarias, ofrece grandes oportunidades para la industrialización soberana y sumar valor agregado para la fabricación de baterías en un mundo que tiende a la electrificación y a la necesidad de almacenaje energético en todos los sectores.

Es cierto que los próximos años están plagados de desafíos. También de oportunidades. Durante su mandato, los eventos climáticos volverán a golpear a la Argentina y al mundo, cada vez con mayor crudeza. Lo sufrirán los sectores más vulnerables, pero también sectores productivos, como las cada vez más graves sequías que afectan la producción agropecuaria y las ecuaciones macroeconómicas nacionales. Actuar contra la crisis climática es un imperativo moral, que ofrece, además, nuevas posibilidades económicas y geopolíticas. Confío en que, con medidas en esta dirección, es posible poner a la Argentina de pie y encaminarla en una senda de crecimiento inclusivo, sostenible y con oportunidades para todas y todos.

Lo saluda atentamente,
Mauro Fernández