Es sencillo matarse. No hace falta ni siquiera tener la voluntad, ni contar con la eficacia de un asesino. Alcanza con el zumbar inoportuno de una mosca en el auto. Bajar la ventana es inútil, el bicho no escapará. Tampoco basta con hacer que no pasa nada: su perseverante aleteo lo hará imposible. En algún momento caerá el conductor en la tentación de intentar matarla. Así es como entra la muerte en escena y ya no es uno al volante —o dos, con la mosca revoloteando—, sino tres. Para qué lado se inclinará la balanza es imprevisible. Es muy probable que el invertebrado sobreviva un eventual choque. También que escape al intento manco de un conductor que, aún si descuida el camino, se ata al destino tan solo con una mano. O quizás no. Sólo una vez, no pasa nada. Así duda y, después de reducir la velocidad, intenta aplaudir sobre el cuerpo alado. Pero falla. La rueda derecha del lado delantero del auto muerde la banquina. Oye las piedras bajo la goma. Siente miedo. Se le contrae el estómago y alcanza, a tiempo, el comando del coche. Apenas hace un zigzag. Logra enderezarlo de inmediato. Mira casi al mismo tiempo hacia adelante y por el espejo retrovisor. No hay nadie en la ruta. Está solo. Él, la mosca y la muerte.

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