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Por Noemí Cruz, desde Iguazú. 
El texto nació como una reflexión personal a partir de este artículo publicado por Martín Caparrós en el New York Times.

La definición del hombre argentino excluye a los pueblos originarios. Mis ancianos me lo han transmitido. Ni siquiera nos imaginan como sujetos influyentes de los vaivenes del país, sencillamente no contamos para casi nada. O contamos aún como mano de obra semiesclava, como votos cautivos. Lo digo mientras veo pasar como fantasmas a mis hermanos guaraníes en medio de tanto turista nacional que anda por Iguazú. Unos almuerzan, otros huelen la comida desde afuera.

Prevalece el argentino que ha podido estudiar, el que accede al consumismo, el que sueña con visitar sus orígenes si los antepasados habitaron otro suelo —porque su origen no es este—. Se sostiene el que puede gobernar, el que puede administrar el Estado. No existe un proyecto de coexistencia desde el principio del encuentro entre culturas distintas, porque más que encuentro lo que ocurrió fue otra cosa. No voy a lamentarme a estas alturas. Pero cuando alguien dice nuestra generación, se refiere a los que tenían educación, cierta voz, alguna competencia en política. Ni se sabe que en esa generación también militó un tío, un indígena, Carmelo Gerón, que fue a la cosecha de manzanas al sur y desapareció.

La diversidad de orígenes dificulta la construcción de un destino común. Distintos orígenes tienden a distintas miradas, lo cual no es malo, si no fuera que atomiza las esperanzas de reinventarnos como pueblo argentino. Mirar siempre afuera, conservar ese espíritu amarillento y cansado que vino en busca de riquezas. Tanto mirar al mar, hace que el horizonte sea demasiado amplio para saber a dónde conviene ir, cuando tenemos tantos cerros llenos de verde aquí, tanto color, tanto calor. Probablemente la brújula debería quedarse quieta unos años en nuestro país e indicar que ésta es la madre tierra que habitamos, y que mientras haya sol y luna, nosotros podemos ser lo que decidamos ser.

Tener nomás un país que garantice la igualdad de oportunidades ya sería un logro tremendo, implicaría para muchos la diferencia entre la vida y la muerte. Creo además que ninguna generación fracasa, simplemente se aturden en algún momento. La juventud de espíritu no permite que se jubile la gloria de las almas. Y no hay peor cosa que la culpa sea del otro solamente. Olvidándose de la importancia de las raíces, el árbol no podrá dar frutos y semillas buenas.

Un día, un cacique wichí me dijo con solemnidad: “viajaremos a la Argentina a reclamar por las tierras”. Íbamos a viajar de Pizarro, en Salta, a Buenos Aires. Yo pensé que claro, que aquí al norte, entre topadoras, no parece existir el Estado de Derecho; o bien, que aquí las leyes que rigen la naturaleza no cuentan. También pensé que Argentina debía quedar más allá. Y Simón, el cacique, fue. Lo acompañamos y él se sentó un rato en el sillón presidencial sin la mínima sospecha de quienes se sentaron antes allí. Y yo sonreí; todos sonreímos. Aquel día pareció que también existíamos.

simon_sillon

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