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Dice una fábula infantil que el enojo y la tristeza se bañaron en un estanque y, al salir, confundieron sus ropas. Cada uno anduvo desde entonces con la vestimenta del otro, confundiendo a quien los mirase. Detrás de un ser iracundo puede habitar la más honda tristeza, como tras una lágrima interminable puede esconderse una bronca irresuelta. ¿Qué pasa, sin embargo, con el miedo? ¿Dónde vive o qué ropas viste? Imagino a ese personaje fóbico cargado de una sensibilidad precisa, o al indignado que actúa para transformar el afuera sin frenar un segundo para mirarse. Pienso al que llora tras ser golpeado, no una sino tres veces. Quizá el miedo sea el único sentimiento verdadero. El que da sostén a todos los demás siempre que sea reconocido; que no se niegue su existencia y se lo transite. Descubrir qué miedos nos habitan puede ser un buen principio para construir una convivencia integrada.

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