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No existe sólo una música sino varias. Especies y razas donde varían los sentidos por los cuales un sonido existe y se armoniza con otro. Quizás por eso el guardia de la Sala Argentina del Centro Cultural Kirchner no se inmutaba con la música que tocaban en el escenario. Tal vez no fuera su música. No se oía un exagerado virtuosismo ni una furia contenida; tampoco un ritmo definible que invitara a mover un pie. Lo que se combinaba era una guitarra de sonido celestial con un sintetizador caprichoso que sonaba cómo y cuándo quería, un pesado y grave contrabajo y tres cuerpos de una batería ínfima. Cuatro ingredientes. Nadie hablaba ni cantaba. La voz era tiempo pasado e indefinido. Cada sonido se trenzaba con el otro a paso lento, seguía sus intenciones. Era inconveniente perder el hilo de lo que estaba pasando; luego costaría mucho volver a entrar en sintonía. Me ocurrió por un instante y tardé dos temas en regresar al concierto. Cada pieza, repetitiva, era como un viaje que dejaba ver otras facetas de esa música, la de los matices. Su intensidad podía palparse. Crecía y decrecía. De algún modo, metía hacia adentro como un puñal envuelto en un trapo, pero que igual se clava. Casi no había tristeza.

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