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La religión católica parece haber encontrado en Jorge Bergoglio la dosis justa de peronismo que necesitaba para reconquistar a sus masas y al mismo tiempo sumar nuevas caras a sus filas. Junto a la llamativa elección de un Papa del fin del mundo, como él se presentó en su primer mensaje, la Iglesia se abrió a una comunicación más fluida y aggiornada. Comenzaron así los tuits papales o sus fotografías virales viajando en un tren urbano. En los últimos días se alcanzó un nuevo hito con la reciente charla TED que ofició el representante de Dios en la Tierra. A pesar del forzado lavado de cara y su de su intempestiva modernización, la institución eclesiástica no ha cambiado. Habrá quienes la respeten y compartan sus principios, también quienes la denosten por sus inclinaciones. Hay que notar, sin embargo, que la persona de Bergoglio, hoy Francisco, lleva el papado a nuevas fronteras. Vivimos tiempos oscuros. A escala global la pobreza es escandalosa, el uno por ciento de la población acumula fortunas que podrían ser la solución a los problemas de la mayoría; el cambio climático generado principalmente por la quema de carbón y petróleo pone en riesgo de extinción a la humanidad entera. En un plano más específico, la amenaza nuclear no ha sido evitada sino postergada gracias a mantener los privilegios de los cinco países más poderosos que gobiernan, de facto, este planeta; la promesa de alimentar al mundo ha mutado en la alteración genética de las semillas y su consecuente fumigación que enferma tierra y gente; los derechos esenciales siguen sin ser garantizados mientras las minorías son, todavía, perseguidas y asesinadas. Pese a ello líderes fascistas de izquierda o derecha siguen siendo electos democráticamente alrededor del mundo. Donde esto no ocurre, el establishment financiero o judicial suele operar para que estos personajes accedan al poder. ¿Qué rol puede jugar la religión en este contexto? Más aún, ¿qué espacio le cabe a un cristianismo gastado por su reputación imperial e impiadosa, ante un implacable crecimiento del islam —tanto en su extensión y demografía como en el miedo occidental a lo desconocido—?

El mensaje del Papa en TED aparece como uno de los testimonios posiblemente más valiosos de esta época. Son solo palabras, es cierto; sin embargo tienen un fuerte peso político. El representante de la Iglesia cristiana llama a ponerle un rostro al otro —definiéndolo, no azarosamente como migrante, desocupado o preso—. Desde esta individualización, exige ternura y solidaridad para preguntarse por qué no le tocó a uno la vida de ese otro. Llama así a salir de uno mismo invirtiendo la lógica: mientras el prójimo es un tú, uno mismo es parte de un nosotros. Nos socializa a partir de la individualización de la necesidad ajena. “Qué bello sería si a los avances científico-tecnológicos correspondiese también una mayor equidad e inclusión social —dice el Francisco en un momento de su discurso—. Es necesario que la fraternidad no se reduzca sólo a la asistencia social, sino que se convierta en la actitud básica en las decisiones a nivel político y económico”. Así exige superar la cultura del descarte de personas marginadas de un sistema que prioriza el producto antes que la persona. Habla de revolución con efectismo, sí, pero subyace un mensaje verdaderamente subversivo. Sólo con ternura seremos capaces de escuchar y ver la necesidad del ladrón, el refugiado o el miserable. En 1965, Ernesto Guevara pidió a sus hijos que “sean capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo”, como cualidad intrínseca de un revolucionario. A partir de esta misma identificación de la necesidad ajena, Bergoglio llama a un nosotros que subvierta el orden actual. Más allá de la institución eclesiástica y sus alternativas intenciones implícitas, el mensaje es uno de los más profundos que pueden oírse en la política de estos tiempos. Y emana del corazón de una estructura que se paró históricamente de la vereda de enfrente. Parece así una de las luces que se encienden para alejar a la humanidad de una alegoría de la caverna que se presenta cada vez más abominable. Será cuestión de trasladar el mensaje del fértil terreno de las palabras al razonable e impostergable campo de la acción.

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