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Es imposible caminar por Buenos Aires con tantos mosquitos. Como si fuera poco, el éxodo por el feriado del día del trabajador subió dramáticamente el ratio de aguijones por número de habitante real. En algunos noticieros dicen que estos flacos insectos negros provienen de otras provincias e incluso de algunos países limítrofes. Escuché a un investigador del CONICET que afirma que la invasión fue generada por las constantes lluvias que provocaron inundaciones en distintos puntos del país; esto generaría la humedad necesaria en el ambiente para que los huevos proliferen. Otras fuentes indican que desde los últimos días de 2015 comenzaron a ser fumigados un importante número de espacios donde eran alimentados y concentrados durante el día. Desde entonces, cada vez más mosquitos comenzaron a quedar en la calle, reproduciéndose ya sin alimento. Hace casi un año ya eran 160 mil y se estima que al día de hoy el número se ha duplicado. Los porteños —si es que podemos uniformarnos bajo un nosotros— comenzamos a percibir la amenaza de ser picados en cualquier momento y lugar por estos invasores. En las redes proliferaron las celebridades escandalizadas pidiendo el fin de la pandemia. Los medios concentrados hacen campaña exigiéndole al Estado que fumigue la capital para eliminarlos por completo —los periodistas están indignados al respecto—. La campaña es total. No se habla de otra cosa. En el gobierno nadie responde. Trescientos mil no parece ser el número final y habrá cada vez más mosquitos. Confían en los consejos de organismos internacionales que aseguran que, en estos casos, la política adecuada es liberar más insectos de sus centros de alimentación y dejar que compitan entre ellos hasta producir una autoextinción. Con una comunicación adecuada, la población comprenderá la necesidad de sufrir picaduras algún tiempo más para colaborar al objetivo final: la desaparición definitiva de estos insectos negros e invasivos que viven de la sangre de otro. Lo bueno del caso es que mientras avanzamos, por lo menos, nos pica.

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