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Siempre me gustó observar a la gente cuando duerme. Recuerdo haber empezado a hacerlo a eso de los siete años, cuando el pescuezo de papá se torcía elásticamente hacia atrás de la silla en medio de cualquier película de sobremesa. Roncaba tan fuerte que era imposible escuchar cualquier diálogo. “¡Papá!”, le gritaba. Con los párpados aún pegados se acomodaba en la silla y volvía a dormir, ahora un poco menos torcido. No podía ni cambiar de canal; su sueño era tan ligero que reaccionaba inmediatamente y decía, convencido, que estaba mirando. Desde entonces —y quizás por la imposibilidad de entender algo de lo que decían en las películas— comencé a mirarlo. A ver cómo se abría su boca. Cómo el cuello se liberaba lentamente y la cabeza caía, pesada. El equilibrio imposible sobre una silla incómoda. Desde entonces, empecé a mirar a otros. Así conocí al muchacho que maneja la habilidad de dormir parado en el colectivo cuando viaja al colegio. La cabeza le cuelga como sostenida por un titiritero; se tambalea con cada movimiento del colectivo mientras él, nada. Es un cuerpo que cuelga. El peso del universo no lo invade. Le pesarán las horas de suplicio en la prisión de la doctrina ajena; esa escuela que todo lo enchastra. Duerme como los condenados, lamento. En el verano observé a una chica que babeaba y roncaba intermitentemente en un micro de larga distancia. Ella, la más linda de toda la planta alta de ese Plusmar con destino a Villa Gesell, movía sus globos oculares para decirle al mundo que estaba en otra galaxia, una a la que la ciencia llama REM y los soñadores, paraíso. Leí en Wikipedia que ese momento tiene relación con el estado de desarrollo y dependencia. Cuanto mayor necesidad de otro mamífero, mayores movimientos oculares y sueños profundos. En una adultez de mayor independencia, se pierde gradualmente la capacidad que traslada a otras realidades. Vuelvo a la chica. Miro su baba y su boca abierta. El glamur echado a perder. Algo ahí me molesta. Me ofende solo pensar que quizás, en su altanería, esa rubia platinada no cree a los demás pasajeros merecedores de su belleza. Se babea ahí donde nada espera. Estoy seguro que para esa noche se lavará los dientes, se pintará la boca de un rojo furioso, gastará litros de rímel para definir sus pestañas y sonreirá mientras baila algún reggaetón gastado en el boliche de la entrada a la ciudad. Me indigna. Hay durmientes más honestos. Un ejemplo es la señora asiática que lo hace en los aeropuertos. En todos hay alguna. Sonríe con calma y, cada tanto, eructa. Estira su sonrisa desde una comisura, como si fuese una travesura. Apenas despierta, abre ínfimamente los ojos, se inclina un poco a la derecha y se raja un pedo. Lo hace sin fingir vergüenza. Se levanta, se estira y hace la fila para abordar el avión. Imagino que hará lo mismo en todos lados. Y que será de las que más tarde, en pleno vuelo, se apoya sobre el hombro del pasajero de al lado sin mediar permiso ni disculpa. Hay algo en ella que me hace creerle. Será lo oriental; lo desconocido que me inspira confianza —nada mejor para confiar que ignorar—. Yo no sé cómo duermo. Ese agujero en mi autoconocimiento me perturba. Es insoportable: un tercio de mi vida fuera de mi dominio. Cada noche, antes de dormir, me esfuerzo para hacerlo parecido al de la asiática flatulenta —sin desprecio ni sumisión—.

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