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“Me llaman Rodolfo Walsh”. Así inicia el periodista su escueta autobiografía, atento al otro que lo observa y lo llama. Cuenta que el sueño de ser aviador lo cumplió su hermano Carlos, involucrado en el bombardeo del cincuenta y cinco sobre la Plaza de Mayo. También que su padre hablaba con los caballos; que uno lo mató y otro dejó de herencia. Quince años estuvo callado, dice. Nueve antes de Operación Masacre, seis al volver de Cuba. Se considera lento, él que inventó un género. Ve en la literatura un avance laborioso a través de la propia estupidez, quien firmó la carta abierta más precisa jamás escrita. Aquella que sería coincidente con su muerte, su desaparición. A Walsh lo descubrí periodista y lo aprendí hombre de letras. Siempre empuñando un compromiso inequívoco con los hechos —que no suelen emparentarse con la verdad—. Ese hombre creó un mundo. Dudó, pero hizo. Se equivocó, o no. Reveló la invasión a Bahía de Cochinos en defensa de un gobierno popular, y defendió, en su país, el derrocamiento de otro. Un hombre que aún no conozco. Un ser habitado por cientos de aristas, pluma de obreros y de artistas. Este año se cumplen cuarenta años de un crimen de Estado cometido a plomo contra el escritor en una esquina del barrio de Constitución. Que sirvan las palabras —suyas y nuevas— para enfrentar con firmeza toda verdad. Lo absoluto de la vida y de la muerte puesto bajo escrutinio de la escritura. Impregnarles el tempo del pensamiento y la reflexión. Del arrepentimiento —siempre tardío— que permite la contemplación. Una escritura que será más pobre, sí, pero también más clara que la vida.

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