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Cielo-en-eclipse

De pronto la luz baja como en ningún otro momento del día. La temperatura se reduce notablemente. El espacio alrededor parece un atardecer sin ocres ni naranjas. Las gaviotas chillan como al ponerse el sol en la playa; aunque en lugar de aumentar la intensidad rojiza del sol, ésta baja en un gris nuboso. No es un día normal —¿qué es la normalidad?—. Está ocurriendo un eclipse solar. Hay algo paradójico en el fenómeno —la luna interfiriendo entre los ojos del observador y el astro mayor—: no puede verse a simple vista. No es recomendable hacerlo ya que las pupilas se dilatan por la reducida intensidad lumínica, pero al mismo tiempo reciben un igual impacto de rayos ultravioletas, algo que puede generar consecuencias nefastas y perpetuas. Por eso, las fotografías al estilo Pink Floyd son logradas a través de cámaras que recurren a excéntricos artilugios para cerrar su obturación al mínimo posible —un papel metálico agujereado sobre la lente, por ejemplo—. Para los aficionados a mirar sin retratar, los astrónomos recomiendan hacer un agujero de unos 50 milímetros de diámetro en un papel y observar la sombra del fenómeno proyectada sobre la pared o el suelo. También puede hacerse con anteojos de soldador que cuentan con una pantalla negra sólo sensible a fuertes intensidades de luz, por lo cual nada del espacio circundante puede ser observado. Unas semanas atrás, viajé 1700 kilómetros hasta el sur de Chubut para ver un eclipse anular. Una vez allá, me molestó no poder observar sin filtro la experiencia única del sol desapareciendo detrás de la luna. Por un instante, cuando el anillo se cerraba detrás de una nube, me animé a mirar directamente. No noté nada. La ínfima aureola de luz parecía, a simple vista, el mismo sol de siempre. Rápidamente bajé el filtro negro de mis anteojos y noté que la luna lo cubría casi por completo. ¿Qué era entonces el filtro, más que una herramienta para ver más clara una realidad? A veces, esta pantalla a través de la cual vemos la realidad, existe sin que nos demos cuenta. Ciertas otras, nos dejamos engañar por la idea de lo puro y de lo auténtico. Conceptos con gran aceptación pero que quizás nos muestren solo aquello que somos capaces de ver.

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