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Los medios muestran imágenes catastróficas del avance de la intemperie. Come cordones alrededor de la capital en un avance impiadoso. El gobierno ayuda a los damnificados con chapas o alguna madera —sosteniendo lo que dice detener—. María Valdés vive en Beccar con su padre. Lee y nota que la situación se agrava y que la violencia crece. Siente tan poca seguridad como tristeza al alquilar esa casa en la que murió su madre y mudarse al departamento que había sido de su abuela, en Barrio Norte. Allí, piensa, estará a salvo. Al menos ganará algo de tiempo.

No voy a hablar por Mairal —solo él sabe qué lo que hay detrás del texto de su novela El año del desierto—. Busco un disparador de esa historia que parece retroceder a la Buenos Aires de 1810, donde el fantasma de Pereira trae un recuerdo de aquel Moreira. La de esa pampa gauchesca bajo una ley sin ley. Con la mujer en espacio de objeto; del débil como molestia y de educación inútil. Del otro como amenaza. Otros tiempos. Rescato la génesis del atraso. ¿Quién compone la intemperie? ¿Por qué se expande? ¿Hay retroceso en ese impasible avance? ¿Cómo actúa el gobierno y qué hizo para que se llegue a esa situación?

Esos que avanzan son retratados como salvajes. Queman, destruyen. Son (parecen) una fuerza destructora. Hermann Hesse —a través de su personaje Max Demian— escribió: quien quiera nacer, debe destruir un mundo. Así visto, el avance del desierto puede representar un nacimiento, un movimiento libertario. Eso que ve luz es aquello oprimido, marginado. Aquello que está por fuera (y también por dentro) del foco visible. Lo que ahora vive es un significado rompiendo la cáscara de un significante, un inconsciente atravesando una armadura de ideas. Un hombre que tiene nada, subvirtiendo lo miserable. No se trataría, en esta lectura, de unos contra otros, sino de esos primeros a favor de sí mismos. Por su propio lugar en el mundo. Rompen una matriz que tal vez ya estaba rota, pero seguía invisible u olvidada para los que habitaban su cara brillante.

Se ve el sadismo en el rol de los decisores que, sin que se note demasiado, ocupan el rol de padres del atraso. Quien se quede será invadido y quien se desplace hará de vanguardia, tímida y engañosa, de esa inquisición. Los que aún algo tienen, se agruparán. Sostienen, en realidad, cuatro paredes ahuecadas, ropas y bienes para intercambio. Ya ni los libros sirven más que como combustible. Ni las palabras —¿para qué, si el mandato es robustecer un fortaleza?—. Se tabica todo intercambio. Se cierran puertas y tienden puentes, solo hacia lo semejante. Se construye seguridad en lo conocido a partir del miedo a una enferma peste de barbarie. Ahora sí son los otros contra los unos. Se arman y apuntan. Dan batalla. La gresca revienta aún allí, donde todos eran de un mismo bando. Se quiebra el suelo desde el cuál una minoría liberada arrasa toda certeza sumando filas a ritmo pandémico. Cuando el único valor parece lo útil, eso también se desvanece. No hay mayor prioridad que el nacimiento.

Más allá de la trama de la novela, los libros podrán ser quemados en una hoguera de fuego o de inutilidad. Podrá ser en campos olvidados o escuelas desfinanciadas. Será lo mismo. Las cosas tendrán valor cuando tengan un dueño y un carente. Lo tribal no avanzará de la provincia hacia la ciudad, sino desde adentro y hacia afuera. Romperá el cascarón para ganarse un lugar en la tierra y no volverá a ser olvidado. Al menos, hasta que el ciclo vuelva a iniciarse.

Villa 31 vista aerea

Foto: Martín Katz, 2011.

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