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Hace años no vivía la experiencia de las redes sociales —más allá de un ocasional uso de Twitter—. En plan voyeurista y sin un trasfondo claro, reabrí mi cuenta de Instagram. Primero observé. Pasaron dos días hasta que me atreví a publicar una imagen. Era bello ese instante. Me tenía tocando guitarra y charango en un patio cálido y soleado. Alternaba entre los acordes de Durazno sangrando y De Ushuaia a La Quiaca. Spinetta y Santaolalla. Más que bello, era armónico. Agarré el celular, puse la cámara frontal y disparé dos o tres veces. En ninguna sonreí. Enfoqué los instrumentos desde distintos ángulos. Elegí una, la decoloré con un filtro propio de la aplicación y la publiqué. No volví a tocar ningún instrumento. Empecé a hurgar entre mis contactos. Noté el sentido de pregonar allí una estética de la felicidad. Toda expresión parece reducirse a fotografías coloridas en escenas alegres, sea en su contenido o bien en su objetivo. Buscan un alcance que excluye la duda, la infelicidad, la miseria y lo indecible. Sobresale la alegría en tanto comida y bebida, familia, espacios de moda o destinos turísticos. También la exhibición de un cuerpo con el que se está conforme —nunca un grano, una estría—, el grupo de amigos y las propias obsesiones —tanto como en este espacio, aunque reducido a una imagen—. No es en ningún modo la palabra superior que la fotografía. Sí creo que se permite reflexiones más hondas, exceptuando esos casos maravillosos que logran decir desde lo retratado, desde el encuadre y la orientación de la cámara. Son casi nulos, tanto como los medios escritos que analizan más allá de la vorágine cotidiana o la operación. Ni entiendo ni cuestiono. Me cuesta, sí, inmiscuirme. Reconozco que, en Instagram, se engrasan los vínculos. Se recuperan y crecen en fluidez. Una virtual, quizás, pero se refuerzan al fin. Alegra ver gente sonriente, niños hermosos, sueños cumplidos. Una mañana hermosa o un asado compartido. Hay virtud en la estética de la felicidad. Quizás sea el tiempo  —o la política, siempre presente— el que no me permite disfrutarlo en plenitud e impulsa a entregarme a los oscuros callejones de la palabra interrogante. O tal vez sea mi pulsión al goce la que me arranca de la música, hacia un rato de incontrolable virtualidad.

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