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Cuba, 1959. Todas las miradas están puestas sobre La Habana. Doscientos kilómetros al sudoeste, en la localidad de Sumidero, no hay agujas ni cobre para celebrar. Alberto Díaz Gutiérrez, un fotógrafo enviado por la perfumería Sabatés, recorre el paraje. Encuentra a una niña de dos años con un tronco en sus brazos y le pregunta qué hace. “Es mi muñeca y se llama Nene”, contesta con timidez. El fotógrafo empuña su lente y dispara. Ella se asusta. Una lágrima brota de su ojo izquierdo, da media vuelta y corre. Alberto se disculpa. “No se preocupe, Paulita se asusta fácil”, irrumpe Nicolás, el padre. Desde hace siete años vive detrás del caserón del terrateniente junto a su mujer y sus cinco hijos, sembrando tabaco. Más adelante la revolución le daría la tierra que trabaja. Aún no lo sabe. Alberto, el fotógrafo publicitario, quedó impactado con los recursos de Paula para atravesar la miseria como un juego. Dejó en la finca un recuerdo amable y una máscara antigua. Se reinventó y se sumó a las filas de Fidel Castro. Un año después, en el cotejo fúnebre de las víctimas del atentado al buque La Coubre, Alberto tomaría una foto inolvidable a Ernesto Guevara. Sería rebautizado con el seudónimo Korda. Paula María Seijó Loaces fue criada por su hermana Aracelis y por su padre Nicolás, ya viudo. Trabajó escogiendo tabaco y estudió enfermería. Viajó a La Habana llevada por Korda y vio su imagen en muchas vidrieras. Conoció el mar turquesa. En su casamiento, vestida de gala, posó con la pieza de madera que la inmortalizaría. En 1979, con veintiún años, la leucemia la mató. Su familia aún guarda a Nene junto a su retrato firmado por Korda.

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