Vivo y presente

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No suelo compartir las fotos de gente desaparecida. No sé por qué. Son muchos los que desaparecen. Alguien siempre falta y, si no es relativo a algún conocido, no lo comparto. Sé que es una actitud poco solidaria, me hago cargo. Ahora bien, cuando pasan días y la persona sigue sin aparecer, cuando el Estado es responsable de la abducción, cuando los medios no sólo callan sino que moldean a la opinión pública en contra de la causa por la que el desaparecido luchaba y, encima, defienden a los desaparecedores, ahí cruzan el límite de mi tolerancia. Hubiese querido no escribir nada sobre Santiago Maldonado. Hubiese preferido no tener que pedir por su aparición, ni tener que denunciar al Estado cómplice, tan cómplice como lo fue de la desaparición, tortura y asesinato de Luciano Arruga; ese que no llegó ni a ser un pibe pobre preso, como diría el ministro de Educación, porque la policía lo torturó y desapareció antes de que eso ocurra. El tratamiento del conflicto con las comunidades originarias de la zona cordillerana es nefasto. Son pueblos preexistentes que soportan la colonización de dos Estados. Estarán cansados de pelear, pero no bajan los brazos. Y cuando reciben apoyo y visibilización, alguien es tragado por la tierra y ellos denostados, calificados de terroristas. Que aparezca Santiago Maldonado es imperioso. Y una vez vivo y presente, debemos considerar el conflicto indígena con seriedad, porque el verdadero delincuente aquí es el Estado que les roba sus tierras, viola a sus mujeres y asesina a sus líderes desde hace cientos de años. Pongámosle fin de una vez a la campaña del desierto. Por Santiago y por la comunidad de Pu Lof: nunca más.

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Represión disfrazada

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La perversión del discurso alcanzó hoy niveles insólitos. Hace unos días, seiscientas personas, en su mayoría mujeres, fueron notificadas por un cartel de cinco líneas en la puerta de una planta de PepsiCo, de que quedaban desvinculadas. Se organizaron para resistir a los ilegales despidos masivos. Fueron desoídas por todos: autoridades nacionales, provinciales, la jerarquía de la empresa y su propio gremio que las dejó solas. Militantes de agrupaciones de izquierda las acompañaron y difundieron la represión que, finalmente, llegó hoy por una orden judicial. Gendarmería y la policía bonaerense se escudaron en lo profundo de la noche y avanzaron contra las trabajadoras a las cuatro de la mañana. El fiscal que intervino en la causa esgrimió motivos ambientales para desalojar la fábrica. Ahí es cuando llegamos al pico de lo sórdido. Las fuerzas de seguridad embistieron contra personas que querían organizarse para trabajar y hacer valer sus derechos, por una orden judicial pintada de color verde agua.

Algunas cosas para considerar, ahora que existe el antecedente. A pesar de los motivos ambientales, sigue avanzando la anacrónica y fatal mina de Río Turbio, donde murieron catorce trabajadores en 2004. A pesar de lo ambiental, se construirán dos megarepresas, también en Santa Cruz, que inundarán miles de hectáreas y afectarán para siempre el ecosistema local, incluido el Perito Moreno y otros glaciares de la zona. Más allá de lo ambiental, el gobierno aprueba leyes sobre energías renovables pero dirige los recursos económicos, técnicos y fiscales al desarrollo de Vaca Muerta, profundizando lo peor del combustible que generó el cambio climático que padecemos todos, pero principalmente los que menos tienen. Independientemente de lo ambiental, no se cierran plantas atómicas obsoletas, riesgosas y contaminantes y se avanzará con otras nuevas. Más allá del discurso ecológico, el polo petroquímico sigue instalado en el corazón del Riachuelo, afectando a las ocho millones de personas que viven en la cuenca —¡uno de cada cinco argentinos!—, a pesar de la oportunidad histórica de que las tres jurisdicciones intervinientes corresponden a un mismo espacio político. Más allá de lo ambiental, quien destruye los bosques nativos del país, aún no va preso. Considerando la ecología, se suspendió por unos días la actividad de una minera de gravísimo prontuario en el país y el mundo, pero ya todo volvió a la normalidad y Veladero, la mina de Barrick Gold en San Juan, sigue funcionando sobre glaciares que son afectados por su actividad y contaminando los ríos locales con permanentes derrames de cianuro. Y aunque parezca una payasada a esta altura, los motivos ambientales tampoco llevan a cuestionar que casi todos los cultivos del país sean transgénicos y sus semillas controladas por dos o tres megacorporaciones internacionales.

Es vergonzoso y perverso que el fiscal Gastón Larramendi, con el amparo y el aval del gobierno que ajusta, despide y flexibiliza derechos laborales, utilice motivos ambientales para reprimir a aquellos que hoy quedan sin trabajo en forma ilegal. Demuestra el interés del gobierno en políticas ambientales. El anterior, no tuvo ninguna. Este, usa el discurso para otros propósitos. Mientras tanto, la brecha entre los que más y los que menos tienen se ensancha. Las mineras ya no pagan retenciones, tampoco el campo. Pero cuando la gente queda en la calle, tiran un lindo discurso a la galería. No lo podemos dejar pasar.

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Guerra contra los enfermos

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La primera vez que vi el afiche fue hace seis años en el edificio que había sido el cuartel de la Gestapo y las SS en Berlín. Espacio que, en 2010, se convirtió en un museo que recorre la maquinaria del terror nazi. La propaganda informa a los ciudadanos sobre el costo económico de mantener con vida a los enfermos. Más allá del reconocido y sistemático secuestro, esclavitud y asesinato de personas por su raza o religión, la exposición donde se exhibe el afiche deja en evidencia el aparato propagandístico que utilizó Alemania para justificar su campaña de higiene racial. Comenzó por sancionar, en 1933, la Ley de Esterilización que permitía que un consejo centralizado del Estado decidiera quién merecía ser purificado. Estados Unidos, Inglaterra, Japón y Noruega, entre otros, aplicaban políticas similares. Sin embargo en el Reich funcionó entre 1939 y 1941 el programa T4, que habilitaba la eutanasia involuntaria. Fue ordenado por Hitler y coordinado por un médico de su círculo íntimo, Karl Brandt, junto al teniente general Philip Bouhler. Entre sus objetivos se encontraba el manejo más eficiente de los fondos de la nación. Nacer ciego o sordo podía ser motivo de aniquilamiento estatal. Era muy caro mantenerlos vivos. Se exterminó oficialmente a más de setenta mil personas. El plan continuó profundizándose con el programa 14f13, que aplicaba la muerte misericordiosa —como la llamaban entonces— a detenidos en campos de concentración. Estuvo vigente entre 1941 y 1944. Himmler y Bouhler fueron los encargados de trasladar la tecnología del T4 a los campos para aplicarlos con aquellos que, por motivos de enfermedad, debían ser descartados. La higiene fue del principio al fin del gobierno de Hitler. Algunas fuentes hablan de hasta 260 mil muertos en la llamada guerra contra los enfermos, considerando además que extraoficialmente el T4 funcionó hasta que los Aliados derrotaran a Alemania. En ocasiones el horror puede ser presentado con cara amable. Los números y la razón quizás no alcancen para comportarnos fraternalmente con quien tenemos al lado.

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Mosca

Es sencillo matarse. No hace falta ni siquiera tener la voluntad, ni contar con la eficacia de un asesino. Alcanza con el zumbar inoportuno de una mosca en el auto. Bajar la ventana es inútil, el bicho no escapará. Tampoco basta con hacer que no pasa nada: su perseverante aleteo lo hará imposible. En algún momento caerá el conductor en la tentación de intentar matarla. Así es como entra la muerte en escena y ya no es uno al volante —o dos, con la mosca revoloteando—, sino tres. Para qué lado se inclinará la balanza es imprevisible. Es muy probable que el invertebrado sobreviva un eventual choque. También que escape al intento manco de un conductor que, aún si descuida el camino, se ata al destino tan solo con una mano. O quizás no. Sólo una vez, no pasa nada. Así duda y, después de reducir la velocidad, intenta aplaudir sobre el cuerpo alado. Pero falla. La rueda derecha del lado delantero del auto muerde la banquina. Oye las piedras bajo la goma. Siente miedo. Se le contrae el estómago y alcanza, a tiempo, el comando del coche. Apenas hace un zigzag. Logra enderezarlo de inmediato. Mira casi al mismo tiempo hacia adelante y por el espejo retrovisor. No hay nadie en la ruta. Está solo. Él, la mosca y la muerte.

Existíamos

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Por Noemí Cruz, desde Iguazú. 
El texto nació como una reflexión personal a partir de este artículo publicado por Martín Caparrós en el New York Times.

La definición del hombre argentino excluye a los pueblos originarios. Mis ancianos me lo han transmitido. Ni siquiera nos imaginan como sujetos influyentes de los vaivenes del país, sencillamente no contamos para casi nada. O contamos aún como mano de obra semiesclava, como votos cautivos. Lo digo mientras veo pasar como fantasmas a mis hermanos guaraníes en medio de tanto turista nacional que anda por Iguazú. Unos almuerzan, otros huelen la comida desde afuera.

Prevalece el argentino que ha podido estudiar, el que accede al consumismo, el que sueña con visitar sus orígenes si los antepasados habitaron otro suelo —porque su origen no es este—. Se sostiene el que puede gobernar, el que puede administrar el Estado. No existe un proyecto de coexistencia desde el principio del encuentro entre culturas distintas, porque más que encuentro lo que ocurrió fue otra cosa. No voy a lamentarme a estas alturas. Pero cuando alguien dice nuestra generación, se refiere a los que tenían educación, cierta voz, alguna competencia en política. Ni se sabe que en esa generación también militó un tío, un indígena, Carmelo Gerón, que fue a la cosecha de manzanas al sur y desapareció.

La diversidad de orígenes dificulta la construcción de un destino común. Distintos orígenes tienden a distintas miradas, lo cual no es malo, si no fuera que atomiza las esperanzas de reinventarnos como pueblo argentino. Mirar siempre afuera, conservar ese espíritu amarillento y cansado que vino en busca de riquezas. Tanto mirar al mar, hace que el horizonte sea demasiado amplio para saber a dónde conviene ir, cuando tenemos tantos cerros llenos de verde aquí, tanto color, tanto calor. Probablemente la brújula debería quedarse quieta unos años en nuestro país e indicar que ésta es la madre tierra que habitamos, y que mientras haya sol y luna, nosotros podemos ser lo que decidamos ser.

Tener nomás un país que garantice la igualdad de oportunidades ya sería un logro tremendo, implicaría para muchos la diferencia entre la vida y la muerte. Creo además que ninguna generación fracasa, simplemente se aturden en algún momento. La juventud de espíritu no permite que se jubile la gloria de las almas. Y no hay peor cosa que la culpa sea del otro solamente. Olvidándose de la importancia de las raíces, el árbol no podrá dar frutos y semillas buenas.

Un día, un cacique wichí me dijo con solemnidad: “viajaremos a la Argentina a reclamar por las tierras”. Íbamos a viajar de Pizarro, en Salta, a Buenos Aires. Yo pensé que claro, que aquí al norte, entre topadoras, no parece existir el Estado de Derecho; o bien, que aquí las leyes que rigen la naturaleza no cuentan. También pensé que Argentina debía quedar más allá. Y Simón, el cacique, fue. Lo acompañamos y él se sentó un rato en el sillón presidencial sin la mínima sospecha de quienes se sentaron antes allí. Y yo sonreí; todos sonreímos. Aquel día pareció que también existíamos.

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